Cuando el dolor del otro no anula el tuyo


En este artículo quiero compartir una reflexión sobre lo que entiendo que es una distorsión frecuente: la idea de no expresar el propio dolor porque «el otro sufre más que yo».
Hace poco, un paciente me contaba que evitaba desahogarse con un amigo por la pérdida de su padre, porque ese amigo había perdido a un hermano hacía algunos años. Su razonamiento era: «¿Cómo voy a hablar de mi tristeza si lo suyo es peor y su pérdida, más severa?».
Hasta cierto punto, esta postura es comprensible. La sensibilidad hacia el dolor ajeno nos lleva a actuar con cierta cautela, a no querer eclipsar ni minimizar la experiencia del otro. Sin embargo, tengo la sensación de que, a veces, detrás de esta idea parece esconderse una especie de «competición de sufrimiento»: «Tú tienes más derecho a estar triste; por lo tanto, mi emoción queda relegada, como si no tuviera derecho a ser expresada».
Pero ¿qué pasa si damos la vuelta a este argumento? ¿Y si compartir mi dolor no fuera un gesto de comparación, sino de acercamiento? Contarte que he perdido a mi padre y que me siento triste podría, de hecho, tender un puente hacia tu experiencia. No necesariamente despertar resquemor, sino generar empatía, comprensión y la posibilidad de sostener una tristeza compartida: «Ahora que he vivido una pérdida importante, puedo comprender mejor la tuya». En esa honestidad también puede surgir un lugar de encuentro y acompañamiento mutuo.
No quiero detenerme en situaciones particularmente complejas, como la de los cuidadores, que en ocasiones relegan sus propias necesidades a un segundo plano, o la de las personas que arrastran un patrón de complacencia y para quienes expresar sus necesidades de forma asertiva puede resultar especialmente difícil.
Aquí quiero centrarme en otra cosa: en la importancia de reivindicar algo tan sencillo y, a la vez, tan necesario como la solidaridad en el dolor y la tristeza. Algo quizá más importante que nunca, dado el individualismo que impera en nuestra sociedad.
Dar visibilidad a nuestro propio dolor no significa competir ni robar protagonismo. Significa normalizar la vulnerabilidad, reconocer que todos sentimos y comprender que abrir ese espacio puede ser sanador, incluso con alguien que creemos que «sufre más».
Una cosa es desviar el foco hacia uno mismo desde una actitud victimista o mediante constantes llamadas de atención. Otra, muy distinta, es atrevernos a mostrar nuestras entrañas y hacer ese gesto profundamente humano que consiste en compartir nuestras heridas.
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